jueves, 24 de febrero de 2011

PRESENTACIÓN DE “NO SE LO DIGAS”




Casa de Asturias, Bruselas, 24 de Febrero

Dentro de unos días, en sede parlamentaria tendré un recuerdo para el cincuenta aniversario de Céline que acaba de ser denostado por el Ministro de Cultura francés, Efe Mitterand “el malo”.

Este fin de semana Pere Gimferrer, el poeta que será el primer nóbel de la lengua catalana-o debería serlo-me decía que no era necesario haber anunciado por el ministerio galo la edición homenaje alguna para tener que suspenderla.

Céline, tan gran escritor, a la vez que personaje tan odioso por su racismo, que asustaba a los mismos ocupantes nazis, como me refirió el gran Ernst Jünger…

Pero hay cosas de Céline que son un legado imprescindible en esa lengua francesa que ha entrado en decadencia y que desde la política se quiere mantener a costa de, por ejemplo, los textos de las licencia de las patentes, batalla que, a favor de la pujanza y vigencia del español, estoy comprometido estos días.

Pues bien, dejando aparte al odioso moralmente Céline, incluso al literato genial, hay algo que quiero traer a colación. Como crítico literario, Céline considera que de poco valen las historias para la narrativa esencial de un novelista.

Un fondo de datos mejor los pueden tener, -decía el autor de “Viaje al fin de la noche”-, un siquiatra, un médico, como él, de cualquier dispensario, o un abogado criminalista con amplia consulta. La cuestión es cómo contarlo. Ahí está la aportación del literato y su valoración por el lector avisado.

Es lo que sucede con “No se lo digas” donde pasan muchas cosas, sucesivas y muy representativas del tiempo del autor, que es la mía, y la de muchos de ustedes.

Lo importante es cómo esas historias se enlazan y nos llegan en la factura de este libro tan excelente y tan sencillo, tan apasionado.

Mi añorado Emilio Alarcos, académico que fue de referencia, y lo sigue siendo aún hoy, hablaba de que el género debía de entretener.

Cuánto me alegro de que el actual Goncourt, Michel Houellebecq, se sincere asegurando cómo se perdía leyendo a Robbe Grillet, porque yo mismo durante años no me atreví a confesarlo y naturalmente que, cuando lo conocí personalmente le mentí con educada piedad.

Con Fraguas no hay ese problema para lector alguno:

La obra, que hoy presentamos, es todo y puro entretenimiento, con un fondo de ternura, para leer con facilidad y el atractivo básico que tiene que tener la novela- Alarcos, dixit- desde el Quijote para acá.

Quijote…

No está de más que aquí, al ladito, en prensas de Roger de Velpius, se editó, junto a Palacio, el que según Francisco Rico, fue aún en vida de Cervantes “la gema de los Quijotes tempranos”.

Felicito a Marta Magadán, la editora, y a José María Fraguas por venir a Brubru, como la llamaba, siempre festivo, Guillermo Cabrera Infante cuando era aquí, diplomático cubano y que sea en el territorio asturiano de un, digamos, concejo que por número de habitantes es probablemente el quinto del Principado de Asturias, muy cerca de Siero y muy por delante de las Cangas, de Onís y del Narcea, Llanes o Vegadeo.

Como ciudadano fanatizado del ya en desuso “Oviedín del alma” me encuentro muy compenetrado con “La bien novelada” que defendían Alarcos, Cachero, Avello y, luego, tantos.

Casariego sostenía que sólo Madrid, en España, había inspirado a una nómina semejante de autores. Esa pasión del narrador por la ciudad es la que quizá me lleva a preguntarme por los escritores que pasaron por las capitales que visito en el ancho mundo.

¡Cuánto más por Bruselas donde me corresponde vivir más de la mitad de la semana!

Hoy se vincula Fraguas y su novela a Bruselas, aunque no esté en su texto ni una sola línea.

Aquí- de aquí- fue Cortázar, uno de los mejores de todas las lenguas, al que nacieron aquí, en el barrio de Ixelles, donde está mi hotel, como a Clarín en Zamora. El creador de la Maga fue hijo de funcionario, circunstancialmente destinado en la embajada de su país ante el Reino de Bélgica.

En el parque que tengo enfrente de la ventana del despacho debieron tener amores tumultuosos Rimbaud y Verlaine y algo más lejos, en la estación de tren, anduvieron liados pero a tiros. Tampoco faltó Baudelaire a la cita con Bruselas ni un Victor Hugo, exilado político, que, estricto romántico, no aceptó la amnistía que le ofrecíó Napoleón III, para él “le petit napoleon”.

Las hermanitas Brontë, Charlotte y Emily, se inspiraron en sus experiencias bruselenses para escribir sus dulcerías.

Más próxima está Marguerite de Yourcenar, a cuya casa bruselense dedica Sandra Petrignani un capítulo de su importante libro “La escritora vivía aquí”.

En fin, Bru-bru dejó huella en escritores de varios géneros. Y a esa nómina de grandes escritores a los que soy fiel y fueron un poco –o un mucho- bruselenses, se une, repito, hoy José María Fraguas echando al vuelo “No se lo digas”.

Su libro nos habla de París y Londres, cuando todavía, si es que lo dejaron de ser alguna vez, eran el eje de nuestras vidas.

En Haro, la Rioja, para contraponerse a Logroño, siguen diciendo Haro-París y Londres. Y del tiempo que va de las musas al tiempo facturado de la edición hay para todos la sustitución al menos teórica de Bruselas, aunque el tiempo ficticio fuera el de los abortos londinenses, imposibles entonces en España, el barrio de Pigalle, el post 68, los estorsionistas y demás.

Y hay en ese mundo de la espiral adolescencia/ juventud, de búsqueda del tiempo perdido, la fijación de una época, que el autor hace con humor y desenfado, incluso cuando la trama grave, como si se negase a una profundidad que logra en la agilidad de la escritura y de las imágenes de cineasta (cinecista, decía Ramón Gómez de la Serna, Ramón) no a base de pelmaza erudición.

Pero los recursos de la memoria, la delimitación del territorio mental compartido, es la de todos los escritores de su mismo momento. Así cuando menciona “el linimento Sloan”, que definía el masaje muscular del primer culto al cuerpo de algún adolescente ensimismado, define a través de ese nombre de marca todo un rito y casi una generación, por acción y sobre todo por omisión, como antes hizo Luis Martín Santos citando al ron Negrita en “Tiempo de Silencio”, o, creo recordar, Ferlosio con Gil-Lambreta o tantos otros con la Vespa y hasta con Anís del Mono y el careto de la etiqueta de Darwin, calle esta de Darwin que está también, por cierto, en el Fraguas que trota Pigalle.

Los personajes de Fraguas y él mismo eran ya nuestros antes de su tierna encarnadura. Son parientes de los de Villa Valeria, de Vicent, de Últimas Tardes, de Marsé, de Armas Marcelo, de Leguina, de El Curso, de Payno y de tantos otros de distintos tonos, pero lo son mucho más nuestros si cabe después de su paso por estas páginas porque en su aparente trivialidad, que es maestría, en José María Fraguas, se nos han reavivados subidos a los zancos que Susana, su entrañable personaje, enseñó a dominar.

Siguiendo a Chejov, si he empezado con Céline debería así terminar también.

La complejidad celiniana parecería, insisto, lo contrario de la bendita aparente sencillez de Fraguas. Pero es el hilo conductor de la literatura y de la narrativa que cuando tiene calidad suprema no ponen puertas al campo como, desdiciéndose, lo haya practicado Efe Mitterand,”el malo”. Pero eso ya daré cuenta en mi otro yo bruselense, el parlamentario.

Gracias, pues, bienvenidos a Brubru y a este trozo de Asturias, nuestro quinto Concejo.

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