miércoles, 12 de enero de 2011

Los misterios del arte


Publicado hoy en La Nueva España

Es ley de vida que la familia te inspira los mejores sentimientos. Junto a tía Lelé no sólo fui modelando ese lógico cariño familiar, sino que, gracias a ella, a sus pinceles y a sus opiniones, algunas audaces, descubrí, desde muy niño, que el arte es un misterio cuya contemplación formaría para siempre en mi dieta de la felicidad. Hace medio siglo sus cuadros, sobre todo sus marinas, me gustaban, pero sin traspasar los lindes de la intimidad, y yo no hacía nada por compartir la obra de mi tía con mis amigos. Una tarde, sin embargo, Ángel González y Juan Benito Argüelles, cuyos criterios en la literatura y en la vida yo tanto valoraba, se emocionaron con un pastel que guardaba en mi cuarto. Me di cuenta de que mis contertulios de peña intelectual también estimaban la genialidad de mi tía y la animé desde entonces a que expusiera. Hoy los suyos la lloramos, pero me alegro de que sus obras, sus catálogos y sus alumnos trasciendan la memoria familiar como una personalidad de tanto encanto que ha sido en esta Asturias, a la que voluntariamente volvió hace tiempo si es que alguna vez, en verdad, se fue.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Las cenizas de tía Lelina se quedaron en el cementerio de El Salvador, a la vera de los restos de los abuelos, sus padres, y de otros familiares queridos. Junto a la losa granítica surgió, hace tiempo, inopinadamente, un árbol pequeño cuyos sobrios ramajes y su leve sombra molestaron, creo recordar, a la familia de un concejal, o exconcejal, que se quejaba como un agravio a sus muertos. Tía Lelé se reía con la estúpida protesta pero, siempre amable, se disculpaba sin tener ella ni nadie de nosotros culpa alguna que reparar de los hermosos caprichos de la naturaleza.

Parece increíble pero a las cinco y media en punto del miércoles 12 de Enero de 2011, en el momento de tomar tierra para siempre, mientras Alex, su nieto mayor, nos decía un poema de Juan Ramón Jiménez y el último trino de los pájaros, que con semejante emoción, Jaime, mi hermano, releyó en el funeral de “los carmelos”, salió en el cielo la mitad de la luna, blanca, visible pese a la luz de la tarde soleada. El momento no podía ser más intenso, más digno, más plástico, como un homenaje de la madre naturaleza por la que, artista siempre, tía Lelina paseó su encantadora mirada sacando partido a favor de todos nosotros.

La luna estaba alejada y contenida no fuese a ser que, de nuevo, volviese alguien a protestarnos, pero fue apreciable su guiño sonriente como tía Lelé toda.

Anónimo dijo...

Muy bonito antonio. Lo guardaré de recuerdo. Besos
Maricarmen

Anónimo dijo...

Hola Antonio,


Me ha encantado tu escrito. Oye, qué pena que nos cruzáramos sin coincidir el otro día en Oviedo: no pudimos quedarnos al entierro, tuvimos que marcharnos después de comer a Madrid para llegar a una hora decente.


Espero verte pronto. Un fuerte abrazo


María