viernes, 14 de enero de 2011

Bélgica se evapora



Bélgica se evapora, incapaz de constituir gobierno.

Bélgica- la suma, desde 1830, de Walonie y el País de Flandes-, es llana: "Le plat pays qui es le mien...", de Brel, del que tanto me acuerdo cuando escucho al croner Juan Coloma. Una tarde que había quedado con Javier Solana en un edificio del barrio europeo, me encontré confundido pulsando el timbre del piso contiguo, bajo un letrerito: “Madame Jacques Brel”. Allí, seguía viviendo la viuda del mito. Bueno, Brel se olvidaba, en su patriotismo de la planicie, de las Ardenas y su historia bélica de cordillera mínima y bosqueja, el penúltimo obstáculo en el que Hitler se defendió atacando.

En el mal unido y entrelazado Reino de Bélgica, te puedes topar con un “ardenois” que asegura no ser valón, aunque francófono, y una colina, también, denominada “Ardene” pero flamenca, cuyos habitantes sino sabes su lengua autóctona, optan por entenderse contigo en inglés, jamás de primeras en francés.

A la larga me da igual que Bélgica sea plana o montañosa, flamenca o valona, me es simplemente ajena, aunque, desde hace más de seis años, me pase en ella algo más de la mitad de la semana. Cuando me asomo a la ventana de mi despacho parlamentario bruselense la visión no me disgusta, sin que apenas me interesen los accidentes geográficos, que no son transportables a mi verdadera intimidad, ni el Parque Leopold, tan próximo, tiene nada que ver con el San Francisco, para Clarín, en carta a José María Pereda, “el mejor de España”.

Los asturianos le decimos Campo, jamás el galicismo de Parque. Esa diferencia nominativa la resaltan, entre muchos autores coincidentes, el médico y escritor José María Izquierdo Rojo en sus cuentos ovetenses y el poeta Fernando Beltrán. La excepción, refiriéndose a un espacio innominado, puede ser Rosario Neira: He regresado al parque (…) y he visto mariposas de oro y muerte/posadas en los labios de la hierba/(…) la redondez perfecta del otoño”.

Bélgica no está para disquisiciones. Las dos comunidades principales y sus partidos políticos no hacen verdaderos esfuerzos por entenderse. No se separan porque no es fácil repartir Bruselas, capital de Europa, gran islote francófono en geografía flamenca. El problema belga es insoluble, prefiero perorar aislándome del medio físico y olvidarme de la mediocridad secesionista, para pensar en Europa y en España, que tan duro camino hemos de patear, aquí, en Bruselas, los próximos años.

Bélgica se me evapora…

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