martes, 2 de noviembre de 2010

Camacho


Me dicen que fue muy emotiva la despedida de Marcelino Camacho. Claro que sí.

Yo le conocí a la salida de Carabanchel de los condenados por el sumario 1.001, tras el indulto real de 1975. Me llevaron hasta allí Paquita Sauquillo y Jacobo de Echevarría que defendían, desde su inolvidable despacho de la calle Ortega y Gasset, a alguno de los dirigentes de CC.OO. Hubo entonces, también, una emoción tremenda, con los focos de las televisiones extranjeras en la noche cerrada, los abrazos y la euforia sin límite, en un prao embarrado frente a la cárcel. Rememoraba yo la primera vez que había oído el nombre de Marcelino Camacho, a finales de los sesenta como gran líder de la movilización madrileña de la Perkins, la Pegaso y alguna otra, junto al inseparable de Julián Ariza, al que tengo la suerte de tratar mucho ahora.

Entre el pequeño gran barullo de la puerta de Carabanchel estaba también nuestro inolvidable Juanín Muñiz Zapico, pero no lo reconocí hasta verlo luego en el despacho de Graciano García y Juan de Lillo de “Asturias Semanal” en la ovetente Santa Susana.

Con Juanín estuve luego en la gran manifestación democrática del Paseo de los Álamos. Fallecería en un fatídico accidente de circulación en Pola de Lena, cerca de su casa de La Frecha.

Aquel día de Carabanchel sentí la proximidad de la libertad, la de los presos que salían y la que se presagiaba para España

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