viernes, 15 de octubre de 2010

Vargas Llosa



¡Qué hermosa la foto del Nóbel, cruzando, anónimo, en la jungla de Manhattam! ¡Está en el alto de un semáforo y también de sus clases de Princeton y de su popularidad multiplicada por mil!

Así, más menos, le vi también un mediodía londinense, hace años, cerca de Abbey Road, donde la archiconmemorada maqueta de los Beatles. A Mario le gustaba refugiarse en Londres, huyendo de los agobios sociales de Madrid y Barcelona.

Mi primer contacto con el gran escritor fue a través de Juan Cueto y J.J. Armas Marcelo, en mis tiempos de Consejero de la autonomía. De entonces es su famoso encuentro con Corín Tellado. Ya en la Alcaldía pedí a Mario y a Patricia, su mujer, que visitaran las Consistoriales; supongo que por mediación de Graciano García. En el Libro de Honor escribió:”Al Ayuntamiento de Oviedo, la tierra de mi admirado Leopoldo Alas, con mi gratitud por su generosa hospitalidad y con mis votos por su prosperidad”. Era el 22 de Noviembre de 1986. Luego estuvo brillantísimo, en el Campoamor, sobre la figura del Lunarejo. Debió ser el primer discurso de una ceremonia de premios iniciando una tradición editorial muy consolidada y benéfica. Esa tarde me firmaría la vieja edición de Biblioteca Breve de “La ciudad y los perros” y a mis hijos sendos ejemplares de “La guerra del fin del mundo”, que acababa de salir.

Dos o tres años después le entregué, en el Hotel de La Reconquista, “Un viejo que leía novelas de amor”. Creía que le sería novedad pero ya la había leído y la elogió mucho.

En mi paréntesis de la política, siendo asesor jurídico de una emblemática empresa azulejera, estuve con los Vargas Llosa en una encopetada cena de High Grove. A su término, compré, en la peculiar tienda (“Charity shop”) de la propia finca real, un libro que hice firmar al Príncipe de Gales y a Mario. Ya en el coche que nos sacaba del lugar, el novelista, confianzudo, me hizo un atinado comentario sobre la diferente concepción que la familia real española tenía de las relaciones gestuales con empresas privadas. Esa misma tarde noche me dio opinión muy admirativa de Ángel González (“Siempre respetado, siempre en su sitio…”) que trasladé al poeta y que ya debí publicar.

Abierto el semáforo de la foto, desde el Instituto Cervantes, Mario se dirigió a la prensa internacional ensalzando a España y nuestra lengua.

Esa misma tribuna, española y americana, va a utilizarse, en muy distinta dimensión, en unos días, por otro escritor amigo, pero apenas conocido, Iñaki Uriarte que llegará al Instituto, tras detenerse, sin fotógrafos, en el mismo semáforo. Presentará su opera prima, aunque sé, incluso desde antes de leer a Vargas Llosa, de su altísima calidad de escritor. La Literatura se entrelaza maravillosamente, en la modernidad, entre el anonimato y la popularidad.

En 2005, Mario intervino en la cátedra Alarcos. Fue, por ahora, su última visita a Asturias. En Casa Conrado, en la mesa que sigue siendo de Don Emilio, al dejar testimonio de su paso, prometía volver. Cuando lo haga, no es imaginable que franquee anónimamente semáforo alguno.

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