miércoles, 1 de septiembre de 2010

Váter en el Voar


En la hasta ahora habitual salida de Ribadeo hacia Coruña, que, tras la doble vía del Puente de los Santos, se ha convertido en la entrada del pueblón desde Asturias, hay un edificio enigmático, enfrente del Hotel VOAR, donde hace doscientos años mataron al industrial Marqués de Sargadelos, poniéndole “los cojones de corbata” por afrancesado; otros dicen, por haberse apropiado de tierras para sus fábricas. Es de una arquitectura fantasmal, que mi amigo Ángel Alda llama “barroco popular”, en tres plantas escalonadas, de pintura impecable, que combina crema pastel con el granate, pero horrorosa fachada; como de cartón. No menos horrorosa, su corona o terraza, una especie de váter mirador, desde el que el excéntrico propietario divisa el mar de las Españas, que decía del Cantábrico, Jesús Evaristo Casariego, peculiar ribereño también.

Mi sobrino, Jaime Masip Naranjo, un artista que va para arquitecto, se queda extasiado las escasas veces que me visita, con obra tan esotérica.

Por aquello de los vasos comunicantes intuyo que se trata de un váter difícil de limpiar lo que explicaría que desde hace una temporada su aéreo usuario ha debido dejarlo abandonado aunque siga ahí a la vista de cuantos circulan por la glorieta del Voar.

Ahora leo que subastan por una más que respetable cantidad el váter que fue del escritor J. D. Salinger, tan misántropo él, que falleció este año pasado. Antes estuvo en pujas uno de los Beatles y fue muy considerado otro, gran obra para algunos, firmado por Duchamp. Esta vez se pretende en el catálogo que el autor de “El guardián del centeno” lo habría utilizado mientras escribía, y aún, sobre manera, supongo, para deshacer escritos geniales. Por menos, André Breton y compañía expulsaron del movimiento surrealista a Dalí, el más surrealista de todos ellos.

Ya he advertido a un arraigado anticuario de la zona que estoy dispuesto a ofertar por el váter de la ambivalente entrada y salida ribadense. “A todos los vientos”, decía de sí Dionisio Gamallo Fierros, que se autollamaba también “Varón de Porcillán”, en sus tarjetas de visita. De conseguir la pieza y la ribeteada carcasa, no sé exactamente dónde las colocaría luego porque en mi casa de Figueras habría que ganar demasiada altura para ver el océano. Pero esa dificultad no me va a echar para atrás en el intento de adquisición. Seguro que a mi sobrino se le ocurre sitio. El oficio ha de empezar por el minimalismo sin descuidar el arte mayor. Ya escuché a Rafael Moneo que la elección del sitio es más importante que la obra misma. Enfrente del VOAR, el lugar es espléndido, sean o no los usos escatológicos que de todo puede haber en contacto con estas brisas.

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