lunes, 18 de enero de 2010

Esperando al gato de Fernández




Las informaciones hablan, entre contradicciones, de si se negocia o se confirmó ya la compra, de El Gato (“Le Chat”), una escultura, en granito negro, de nuestro Luis Fernández, del que tanto escribo.

La pieza que se espera ha tenido, al parecer, un recorrido errático desde que el artista asturiano la ejecutó en París. Se diría que es una escultura con siete vidas que puede terminar su recorrido en el mismo patio en el que surgió hace poco una sorprendente fuente romana, cerca de la casa natal del artista, varias calles abajo, en el solar 12-14 de la ovetense Fruela. Fue aquel 1900 un año prodigioso en el que vieron la luz también otros dos pintores de verdadera categoría, en el mismo increíble Oviedo de entre siglos, Joaquín Vaquero y Paulino Vicente. ¿Quién da más?

Fernández tuvo mucho cariño a los animales domésticos sobre los que algo dice su correspondencia con las hermanas Araceli y María Zambrano. En casa de ésta, en Ginebra, a principio de los ochenta, Jesús Arango y yo vimos, junto también al poeta José Ángel Valente, un animalito revoloteando, confianzudo.

Los gatos están en muchas obras de arte. Picasso, tan próximo de Fernández, inmortalizó alguno. En la literatura son topadizos, aunque menos. Mi amigo, el escritor Iñaki Uriarte, habla de “Borges”, su felino particular, en sus diarios, empezados a publicar por García Martín en “Clarín”, la gran revista, heredera de la no menos auténtica “Los Cuadernos del Norte” y de los suplementos culturales de Juan Cueto en “Asturias Diario”, un periódico sensacional para su tiempo (1979). El gato más ilustre e irresistible de la literatura es, a juicio del Premio Príncipe de Asturias 1992, George Steiner, Bébert, de Louis Ferdinand Céline, cuyas ediciones inundan mi casa. Bébert recorre con su amo sus derivas parisinas hasta la inmundicia de su feroz antisemitismo y sus entradas y salidas a Alemania y Dinamarca regresando a Francia en el viaje al fin de la noche que Céline escribió antes de que el título le sucediera aún más profundamente de lo imaginado. Céline es el gran iniciador del relato apocalíptico que tantos seguidores tendría luego en la novela y el cine. Bébert había correteado tras su dueño por Montparnasse. Fue vecino de Luis Fernández que pudo conocerlo. Orlando Pelayo me contaba cómo veía pasear por esa avenida, al atardecer de los veranos, a su colega en los pinceles.

¿Será Bébert, el esperado?

Benjamín Gutiérrez, Diputado en la Junta, me advierte, al quite, desde el tendido informático, que difícilmente Bébert pudo vivir entre 1925, cuando Fernández esculpió un gato, y 1951 en que seguiría coleando. Pero hablábamos de siete vidas y de que, añado, Lucette Destouches, viuda de Céline, le atribuye, en “Céline secret”, más de veinte años al final de la guerra mundial: “Bébert se había negado a que lo dejáramos con el tendero de Sigmaringen y prefirió morir de hambre con nosotros”

1 comentario:

Anónimo dijo...

He leído el artículo de Uriarte en Clarín y he tratado de encontrar información sobre este escritor en la red, pero no sé si es el mismo Uriarte arquitecto (creo que no) y también hay un Uriarte que acaba de publicar una novela, "La piedra filosofal". ¿Sería tan amable de aclararme esto? Creo que es el autor de "Diario de un hombre tranquilo", que no sé si está publicado. Si me pudiese informar, se lo agradecería; un saludo.