jueves, 2 de abril de 2009

Accidente en Ranón



El pasado jueves 26 de marzo, José María, íntimo mío de la infancia, leía en la última de la Nueva España la historia de Tsutomu Yamaguchi, “el japonés indestructible” que estaba en Hiroshima cuando cayó la primera bomba atómica y en Nagasaki tres días después con la segunda. Mi amigo iba en la tercera fila del avión que había despegado de Ranón//Santiago del Monte a las siete y media. Viajero habitual, notó un chasquido infrecuente que le interrumpió la lectura. La imagen del Aramo nevado y con el sol del amanecer sería magnífica, rayana en el emblema imperial nipón, si no se hubiera enturbiado por un leve fogonazo, perceptible en el motor izquierdo, y la cara pálida de la azafata. Todo ocurrió muy rápido. El piloto avisó al pasaje del regreso a la base de partida. José María, tan cerca del mar, se acordó del comandante que arrió o acuarizó, o acuatizó -que no amerizó, como se escribió- en el río neoyorquino Hudson hace tres meses. Pero no, el aterrizaje, aunque en medio de bomberos y sirenas, fue perfecto en su pista. Todos los que trabajan en el aeropuerto astur, y que tan bien conozco, dada mi asiduidad, me parecen gentes de primera, muy cordiales y atentos, seguros, profesionales; me refiero al personal de Iberia, de Aena, de la Guardia Civil y, cómo no, también a la asistencia a “personas de movilidad reducida”, pero, por lo que se ve, son de calidad excelente igualmente los encargados de las emergencias, que, claro, trato menos.

Hablábamos de todo eso en el regreso de mi amigo a Ranón, de las seis de la tarde del mismo día, vuelo al que yo había subido en Barajas procedente de Estrasburgo.

-O sea que hoy mismo vuelves dos veces, le dije, ¿pero qué pensaste en cuanto estuviste en tierra la primera, tras el susto?

-La verdad: solo en conseguir plaza en el avión siguiente y llegar a mi reunión de trabajo.

Admirable y filosófica su tranquilidad. No solo hay personas indestructibles en Japón. La asunción de que el destino o la dama del alba son inevitables; ¿para qué temerles, pues? Es una vieja conseja muy querida a los fabuladores de “Las mil y una noches”. En este caso el conjuro neutralizador fue una adecuada mezcla, apenas anécdota, de suerte y pericia o temple. Nunca miedo. Precisamente esa heroica ausencia fue un famoso ripio bélico, referido a Oviedo, del poeta Gerardo Diego, que no quiso incorporar en su Obra Completa.

El accidente de Ranón-o Santiago del Monte- del 26 de marzo no pasó de incidente por fortuna.

1 comentario:

Anónimo dijo...

José María...¿Älvarez Guisasola?