lunes, 9 de marzo de 2009

Feijoo


Es Feijóo pero no el "FEIJOO9", que rezaba la propaganda de tanto éxito en las autonómicas gallegas. Es nuestro Padre Feijóo, el buen escritor gallego, "que como Rosalía y yo llevaba faldas" que decía la Pardo Bazán a Valle Inclán. La primera vez que supe algo de la relación tan íntima y determinante del fraile benedictino con Oviedo, se la oí al mismísimo Gregorio Marañón. El eminente galeno se refería a la celda de San Vicente, donde Feijóo se acercaba a Europa superando el ancestral retardo del pensamiento español. “Feijoo por su amor a la verdad y a España, hubo de sufrir en su celda, que era su mundo, largas horas de amargura y de persecución”, recogió La Nueva España de una lección magistral de Marañón. Tolívar (“Blas de Aces”) en una deliciosa novelita, impresa por Gofer, historió imaginativamente las paredes de la celda con la notable presencia de Gaspar Casal, prematuro descubridor del “mal de la rosa”. Y ahora leo que han destruido la disposición y los vestigios que quedaban de aquel europeismo incipiente, de aquella clarividencia que hizo de Oviedo, el punto de referencia, que Marañón evocaba tantos años después. No puedo menos de lamentarlo sea quien sea el que ejecutó, o controló, la licencia, que estoy muy lejos y ya no sé de maniqueísmos ni acuso a nadie. Paloma Sainz, Pepe Monteserín y Gustavo Bueno han pedido su recreación con palabras precisas.

Oviedo tiene unos lugares desnudos que forman itinerario virtual que no por desaparecidos o quebrantados deben olvidarse: La Sala capitular, escenario del levantamiento antinapoleónico; el espacio dónde estuvo nuestro árbol totémico; el Cañu del Fontán, descubierto por Floro Uribe y Avelino Martínez… ¿Cómo lamentar la desaparición de la celda en una ciudad que le importó tan poco el derribo de la Plaza del Fontán? Y encima, al calor de la polémica hay quien atribuye el destrozo en exclusiva a “los revolucionarios del 34”.Ya van bien servidos con sus lamentables errores del "Octubre Rojo" para que sigan sirviendo de parapeto a yerros de hogaño; precisamente cuando se va sabiendo la autoría directa de las quemas del Campoamor y de la Universidad durante aquellos injustificables hechos.

No entro en la procedencia o no de la reforma del Arqueológico, que no he visitado aún, pero uno mi lamento por la pérdida de huellas, por irrelevantes que pudieran parecer, de Feijoo, corazón de ese itinerario desnudo ovetense.

Son nostalgias de un joven sexagenario, aquí en Bruselas, mientras los atardeceres, aún invernales, en contraste con la vorágine comunitaria de las mañanas, llevan mi mente a Oviedo y Asturias, a tantos amigos que se van yendo...

2 comentarios:

Tontolaba dijo...

Que buenos comentarios si no hubieras "olvidado" lo que no es atribuible de ningún modo a la derechona: derribo a cañonazos de la torre de la catedral y claro voladura imperdonable de la Estación del Vasco, daole tu al botón, el Fontán está igual que estaba y además tiene cañu, dudar sobre quién quemó la Universidad no creo que lo digas en serio, y bueno, dejaré algo en el tintero, para no juntar churras con merinas.

Anónimo dijo...

Texto íntegro del informe del RIDEA







Para quienes ya habíamos planteado nuestras dudas sobre el proyecto de ampliación del Museo Arqueológico, el resultado final no ha sido una sorpresa, aunque la realidad ha superado los más negros presagios. En estos días asistimos a la que, por desgracia, debemos suponer que será la penúltima polémica sobre la intervención de un bien, en este caso muy destacado, del Patrimonio Cultural Asturiano. Polémica siempre establecida a posteriori y de la que, siendo pesimistas, pero basándonos en nuestra historia reciente, no está claro si seremos capaces de aprender.

A pesar de todo, el Real Instituto de Estudios Asturianos, cumpliendo con uno de sus deberes fundamentales, quiere hacer pública su oposición a una forma de intervenir en nuestro patrimonio que, vestida de una falsa modernidad, impone una arquitectura que no ha sabido, y quizás no lo haya pretendido, por mucho que se diga lo contrario, adecuarse a su entorno y respetar la historia.

El proceso de ampliación del Museo Arqueológico fue complejo y pone de manifiesto muchas de nuestras debilidades como colectividad. El primer proyecto fue encargado a un arquitecto asturiano, Fernando Nanclares, en 1999, y en el mismo, con buenas dosis de humildad, sensatez y creatividad, se intentaba conciliar la necesidad de ampliar el Museo con la idea de conservar los elementos fundamentales y los valores de los edificios históricos en los que se iba a intervenir. Esos valores vienen determinados, fundamentalmente, por la declaración monumental que, por iniciativa de Alejandro Ferrant, arquitecto restaurador de la Primera Zona (a la que pertenecía Asturias) amparó al que había sido monasterio de San Vicente de Oviedo y que, tras la desamortización, había acogido una serie de dependencias oficiales. Ferrant determinó que debían protegerse, básicamente, el claustro y sus accesos, incluida la escalera que unía los dos pisos del primero. No es cierto, como se ha esgrimido por parte de los defensores del proyecto, que esa escalera hubiera desaparecido en el incendio de 1934 y que fuera una refacción de Luis Menéndez-Pidal. En una reciente publicación sobre Alejandro Ferrant se demuestra con testimonios fotográficos, ya publicados en su momento en el diario LA NUEVA ESPAÑA, que la escalera, restaurada por Ferrant, había sobrevivido al incendio del 34 que no afectó a esa zona del monasterio. Pero aunque la escalera hubiera sido rehecha en la posguerra, el argumento de su supuesta «modernidad» es inadmisible para defender su destrucción, puesto que rehechos en la posguerra están buena parte de nuestros monumentos, como la misma Cámara Santa. Y ése es el mismo caso, por ejemplo, de la ciudad de Varsovia, declarada Patrimonio Mundial tras su reconstrucción en la posguerra y de muchísimas ciudades y monumentos en toda Europa. Quienes argumentan de esa forma olvidan, o desconocen, que el patrimonio cultural está hecho de materia, pero que también le dan forma sus valores inmateriales (evocadores, simbólicos, referenciales, etcétera).

Sobre ese edificio ya protegido y restaurado, Luis Menéndez-Pidal desarrolló, con el lenguaje propio de la restauración de posguerra, un proyecto de adecuación del antiguo monasterio como Museo. Nuevamente, por segunda vez, se respetaron los valores y los espacios históricos, por mucho que se haya pretendido caricaturizar el método restaurador de Pidal, propio, por otra parte, de los arquitectos del período al que pertenece. Si descalificamos esa intervención para justificar su desaparición, resultaría que tan inválidos como el Museo serían todos nuestros monumentos, porque el grueso de ellos fue restaurado entre 1937 y 1976 y por Luis Menéndez-Pidal. Una de las aportaciones de ese proyecto fue la recreación de la celda del padre Feijoo, atendiendo a la necesidad de recuperar el que fuera espacio fundamental del monasterio antes de su desamortización. Hoy esa celda ha desaparecido. Bien es cierto que se trataba de una recreación, pero ¿justifica eso su desaparición? Utilizando el mismo argumento, puede justificarse, sin ir más lejos, que se desmonte la Santa Cueva de Covadonga, que nunca tuvo el aspecto que le dio Menéndez-Pidal.

No cabe duda que se ha tratado a la ligera la desaparición de un espacio cuyos valores eran básicamente inmateriales y cuya plasmación se debe a la recuperación de uno de los elementos que se consideraban determinantes del conjunto monástico y de la memoria de uno de los personajes fundamentales de la cultura asturiana.

Intervenir como se ha hecho en el Museo de San Vicente sólo se explica desde un desconocimiento doloso de la realidad, de los valores arquitectónicos y culturales de la arquitectura histórica. El proyecto parte de una determinada posición, basada en una arquitectura que se ha definido como autista, calificativo que, ya en su momento, algunos de nosotros aplicamos al que, por entonces, no era más que un proyecto sobre el papel. Esa arquitectura parte de la legitimidad de la integración del lenguaje contemporáneo en contextos y edificios históricos, algo muy legítimo, pero con el matiz de la falta de la autolimitación, de su falta de relación e integración con su entorno. A esta línea pertenecen edificios que, a poco que se analice, se comprueba que se citan por activa y por pasiva en este proyecto, que cabría incluir en el apartado de la arquitectura de repertorio, en el sentido de que sus citas y reinterpretaciones de proyectos sobradamente conocidos son abundantes, en detrimento, claro está, de su propia originalidad. Poco hay de novedoso en un proyecto que reitera hallazgos manidos hasta la saciedad en la reciente arquitectura hispana. Los interiores traen a la mente el proyecto del MACBA de Barcelona, y pretenden recrear, sin lograrlo evidentemente, los aciertos de Álvaro Siza en el Centro Gallego de Arte Contemporáneo de Santiago de Compostela, de quien se toma, de nuevo sin acierto, la idea de integrar un edificio contemporáneo, utilizando el juego cromático de sus materiales como contrapunto a la arquitectura histórica. Ni el respeto por la escala, ni por el entorno, sutil en matices en el caso del maestro Siza, parecen haberse asimilado adecuadamente en el caso que nos ocupa. También se emplean recursos ya visto en otros centros museísticos, como el juego con los cierres de alabastro empleados en el Museo del Foro de Zaragoza, del no menos contundente Pérez Latorre. Y en la misma ciudad, en el Museo Camón Aznar, se constatan otras recetas igualmente inadecuadas, que vemos en el proyecto ovetense: la completa descontextualización de los elementos arquitectónicos del edificio histórico, que se enmarcan, como se hace con las ventanas de asiento de los ventanales del claustro alto, o se ciegan, como sucede con las dos portadas de acceso del que fuera edificio de correos de Luis Menéndez-Pidal o se reinterpretan con intervenciones que sólo pueden calificarse de sobreactuación. Este es el caso de la desgraciada escalera, salvada para situarse bajo un lucernario a todas luces fuera de lugar. Muchos de estos fríos elementos, propios de la arquitectura de nueva planta, pueden relacionarse con la actividad de los responsables del proyecto, en buena medida vinculada a arquitectura de nueva planta, necesariamente austera y quirúrgicamente «clásica», como los centros de salud.

No discutimos la calidad profesional de Fernando Pardo y Bernardo García, quede claro, sino que manifestamos nuestra oposición a una determinada forma de entender la intervención arquitectónica que, de hecho, se considera superada. La última bienal de la restauración celebrada en Madrid, y que revisaba el último cuarto del siglo XX en España, hacía hincapié en lo periclitado de los caros proyectos basados en una arquitectura voluntariamente autista, que altera, trastoca y destruye los valores de los edificios históricos y del paisaje urbano y que borra, por no comprenderlos, los valores inmateriales, que toda la teoría internacional de restauración considera prioritario conservar.

Decir que el diálogo entre presente y pasado, entre arquitectura histórica y contemporánea, se basa en la idea de que el entorno del edificio histórico se convierta en una imagen vista a través del escaparate y el prisma de la nueva arquitectura, como se puede contemplar a la Catedral desde el nuevo Museo, es inadmisible, porque lo que en realidad se hace es objetualizar al monumento, interpretarlo desde un punto de vista meramente fetichista. Afirmar que el edificio histórico se ha respetado, cuando sus pobres despojos se utilizan como elementos integrados fuera de contexto en un proyecto que puede calificarse como de nueva planta con interpolaciones históricas, supone no comprender siquiera el sentido de lo que expresamos cuando hablamos de los valores históricos o documentales e intentar vestir con un ropaje que no es el suyo un proyecto de este calado.

Finalmente, a quienes califican de provincianos a aquellos que no caen rendidos ante los cantos de sirena de una falsa modernidad, cabe preguntarles por su conocimiento sobre la teoría y la historia de la restauración, sobre arquitectura contemporánea y sobre las bases científicas que supuestamente basan un juicio que no debe ser estético, puesto que hablamos de patrimonio, herencia e historia. Sólo desde un juicio estético, pasajero por definición, comprendemos que se nieguen los valores de la arquitectura de Menéndez-Pidal, representante de una determinada corriente estilística. Esas afirmaciones sí que parecen trasnochadas y nos recuerdan a las de los teóricos del Renacimiento que despreciaban la arquitectura medieval, o a las de los neoclásicos que criticaban la arquitectura barroca desde su visión particular. Esas sí que son viejas polémicas fuera del lugar en el debate que ahora está sobre la mesa.

Aunque contase con las bendiciones de todos los estamentos implicados, el proyecto en cuestión nos parece errado, y éste es el juicio que desde nuestro leal saber y entender de especialistas, nos atrevemos a defender.

Si de todo este desgraciado proceso pudiera seguirse un cambio de política sobre el patrimonio asturiano, una verdadera coordinación entre las administraciones y una coherencia en sus actuaciones, porque no vale atacar sólo aquello que conviene políticamente mientras se promueven, o se han promovido, iniciativas igualmente lamentables; si se recuperara una conciencia cívica sobre el patrimonio cultural asturiano, más allá de polémicas basadas en personalismos y localismos y si la Universidad asturiana recuperara su compromiso social en este campo, quizá nos encontraríamos ante la última polémica que mantendríamos sobre la destrucción de uno de nuestros bienes culturales y habríamos, finalmente, aprendido de nuestros errores.

Resta añadir finalmente que en contra de lo que se afirmaba hace unos días en algún medio local, este Real Instituto de Estudios Asturianos no ha tenido ni tiene representación en la Comisión de Patrimonio. Sería deseable que, en el futuro, tan llamativa omisión se subsanase y, ante situaciones como las que han desencadenado este y otros lamentables debates, la Administración recabase información y asesoramiento de las entidades llamadas a velar por la conservación, estudio y difusión de nuestro patrimonio histórico. RIDEA.