lunes, 24 de noviembre de 2008

Audaz




Es bien conocida la leyenda del holandés errante de Wagner. Desde la Cumbre ampliada del G-20 de Washington empiezan a correr habladurías, aquí en Bruselas, en los pasillos de las cancillerías, sobre Jan Kees De Jager. Se trata de un joven secretario de Estado que se encontró con que el Presidente Balkenende, que había logrado, con un esfuerzo diplomático encomiable, tener asiento en la reunión, recibió horas antes en la base aérea de Andrews la noticia de la muerte de su padre. El líder holandés decidió volver a La Haya y encargó a su colaborador que hiciese lo que pudiera, dándole como única credencial un alfiler de solapa, indicativo de que era Jefe de Delegación. El Sr. Jager tomó el coche que Bush había enviado y se presentó en la Casa Blanca. Allí se identificó como pudo y se encontró con los Jefes de Estado y de Gobierno con los que conversó no solo en inglés y alemán sino chapurreando francés y español. Durante la cena, describió en tono monocorde, a Holanda como “país pequeño pero de un extraordinario dinamismo económico, especialmente notable en el capítulo de inversiones en el extranjero”. A la mañana siguiente, en el Museo de Geografía, para las sesiones de la Cumbre, el audaz funcionario madrugó, se percató de que no contaban con él en la mesa del cuadrilátero y con desparpajo, sin que nadie de seguridad ni protocolo rechistase, colocó con sus propias manos un sillón de la segunda fila entre los de primer término, junto al Presidente de la Comisión Europea, y lo ocupó antes de la entrada en tropel de los altos mandatarios. Naturalmente carecía de letrero con su nombre lo que dificultaba que Bush le diera turno. El holandés no se arredró: cuando Durao Barroso hubo terminado, largó un parlamento de siete minutos, uno menos del previsto, sin pausa para tomar aire. Desechó el simbolismo de hablar en neerlandés al darse cuenta que el Presidente saliente no se colocaba el pinganillo de la interpretación y solo entendería inglés o español. Con la foto de familia no se atrevió a dar empujones y nadie aparece en representación de Holanda aunque en muchos medios dieron por presente a Balkenende, desconocido para casi todos los periodistas americanos. Al término de la Cumbre, Jager no tuvo avión. No le importó demasiado; la policía, mirando para la cabeza del alfiler, se le seguía cuadrando en la zona VIP del aeropuerto y tomó un enloquecido itinerario con escalas en Nueva York y Londres.

Dicen que sigue con el recuerdo del alfiler en la solapa. No es desde luego el holandés errante pero sí un tipo muy viajado.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno para empezar un lunes con una sonrisa.Joaquín

Anónimo dijo...

Infantería no reconoce obstáculos. Recuerda aquello de un mensaje a García. Misión cumplida. Llegará lejos.

Anónimo dijo...

Genial historia,
Me recuerda a otra anécdota de una persona que se coló en la toma de posesión de Mitterand.
Aunque aquél con mayor merito, dado que ni estaba en la delegación oficial.
¿Verdad?
Un fuerte abrazo,
J.

Anónimo dijo...

La noticia de la crisis sería que hasta un tipo tan espabilado puede quedar en paro

El ángel de Olavide dijo...

Una de las primeras sociedades mercantiles de Europa que supo siempre encontrar su sitio en el mundo. Esta historia que cuentas, Antonio, es la prueba de la fuerza del espíritu cosmopolita y de las virtudes del pueblo holandés. Un águila éste secretario de estado.

Anónimo dijo...

Había que fichar unos cuantos así para promocionar la tierrina

Anónimo dijo...

El título de audaz le va perfecto al holandés. Gente tan peculiar y 'audaz' es lo que hace que la política pueda ser muy apasionante. Tiene picardía el tipo, algo que no me esperaría tanto en un holandés. Cuánto se debe de aprender envuelto en ese ambiente de tan diversas personalidades
un saludo,
Lucía