jueves, 25 de septiembre de 2008

Nueva York o Las Vegas


En repetidas ocasiones he señalado en esta columna (5 de abril de 2007, 2 de febrero de 2008) el peligroso peso en las finanzas mundiales de productos opacos como los hedge funds, fondos de alto riesgo y rentabilidad, que, con sus inversiones a corto plazo y sus elevadísimos endeudamientos, pondrían en jaque la estabilidad financiera. Desgraciadamente las predicciones más pesimistas se han cumplido y, como el burlador burlado, la peor parte se la han llevado los creadores de estos productos, los grandes bancos de inversión. En situaciones teóricas normales, estos bancos apechugarían con sus yerros y el mercado se equilibraría él mismo. Pero las dimensiones de las últimas bancarrotas son tales en EE.UU. que ha sido el Gobierno federal el que, con el dinero de los contribuyentes, ha tenido que acudir al rescate de estos tahúres financieros que, como decía el liberal Friedman, más que vivir en Nueva York deberían marcharse a Las Vegas.

Hemos votado esta semana en el pleno, otra vez en Bruselas, el ponderado informe de mi compañero P.N. Rasmussen, ex-primer ministro danés y actual líder de los socialistas europeos, que recoge las opiniones de numerosas entidades mundiales que, de un tiempo a esta parte, habían ya señalado su preocupación acerca de "la estabilidad financiera, la gestión inadecuada de riesgos, la deuda excesiva y la valoración de instrumentos financieros no líquidos". El informe pide que, a través de una regulación europea, las remuneraciones financieras dejen el corto plazo para alinearse con los beneficios o pérdidas reales, que las primas de los ejecutivos sean transparentes, que se identifiquen los inversores de todos los proyectos de inversión y que los trabajadores conozcan cuándo su empresa va a ser adquirida por un fondo para evitar en su caso una descapitalización injustificada.

Si bien el origen de la crisis financiera se debe a las "hipotecas basura" de EE.UU. unos balances transparentes y una adecuada gestión del riesgo no nos habrían llevado donde estamos. Hemos de lograr la estabilidad financiera y unos mercados transparentes con bancos y balances creíbles. Debemos, también, recuperar la fiabilidad de las empresas calificadoras de créditos que han de separar de forma radical sus negocios de clasificación de los demás servicios que prestan (tal como el asesoramiento sobre transacciones de estructuración).

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