miércoles, 6 de agosto de 2008

Sagan, encore

Me sorprendió encontrarme en un escaparate con un montón de libros de –o sobre- Francoise Sagan, autora que, considerada poquita cosa para muchos, a mi hubo un tiempo que me interesó. Indagué, pues, a la empleada de la Librairie Kléber la razón de este revival.

-Bueno, hay una película biográfica.

Me dirigí, pues, al cine, con la casual coincidencia de asistir al preestreno. El introductor y el público mismo me parecieron que apenas tenían que ver con una muchachita que hace cincuenta años arrasaba en ventas. Ya en la proyección mi decepción fue aún mayor. Tanta lisonja previa a la protagonista no se compadecía con la caricatura del personaje que yo había seguido antaño. Más que la Sagan se diría una especie de Dustin Hofman correteando por la pantalla esnifando cocaína. Los libros que adquirí, sin embargo, me dieron noticia mejor ubicada de esa última Sagan que se había escapado a mi cercanía. Así, la droga, por un lado, y su algo extraña amistad con Mitterrand (“Francoise y Francois” es un capítulo), su relación con la hija de Malraux y su ingreso por sobredosis en Colombia cuando acompañaba un viaje presidencial me parecieron el triste final de una autora que no voy a releer, por más que haya, aquí en la francofonía, ese resurgir.
Recuerdo bien que en la versión cinematográfica de Aimez-vous Brhams?, la maravillosa Ingrid Bergman pone en funcionamiento las varillas del limpiaparabris creyendo con inocente confusión que valían para quitarse las lágrimas. A la Sagan vital de nada le hubieran valido, tal es su naufragio absoluto en el aguacero de la desdicha. Prefiero quedarme con un leve recuerdo juvenil en otra parte de la memoria, de una chica de diecinueve años, desinhibida, con la imagen de una Francia legendaria que saludaba la tristeza. Al menos la ficción reflejaba alguna arista real de la época.

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