viernes, 11 de enero de 2008

Tariq Ramadan


La visita del intelectual Tariq Ramadan, figura controvertida muy de actualidad, a un seminario del Parlamento Europeo venía precedida de gran expectación que se vio confirmada por la amplia presencia de diputados y expertos en cultura islámica.
Ramadan se manejó cómodamente en inglés y dio buena prueba de sus tablas oratorias. Sus maneras tranquilas me recordaron de alguna manera al fallecido Said, que tuvimos en Oviedo, como Premio "Príncipe de Asturias", compartido con Daniel Baremboim.
Se le pidió que definiera su concepto de feminidad musulmana. Él afirma no imponer nada, pero, en su concepto del pudor, "ciertas profesiones no serían apropiadas para las mujeres, por ejemplo, albañil o conductora de camiones", que me recordó la oposición que hubo en Asturias no hace tanto "a las mujeres mineras". Abordó la famosa crítica que realizó Jack Straw, Ministro con Blair de Exteriores y ahora de Justicia, al uso del velo en la vida pública (Straw afirmaba que si una mujer le visitaba en su circunscripción el velo impediría una comunicación fluida, al no conocer bien la identidad de la interlocutora). Para Ramadam el velo no es un mandamiento islámico y él critica su uso, pero no impone sus opiniones. La cuestión de Straw era, para él, una buena pregunta planteada por la persona equivocada en el momento equivocado pues provocaba a los musulmanes por intereses sectarios.
También se le interrogó por el caso de las viñetas danesas. En opinión de Ramadan hay que desarrollar el sentido de pertenencia. Por otro lado, explicó que en el momento de la crisis de las caricaturas él pidió que no se reaccionara de forma exagerada y radical aunque aclaró que legalidad y estupidez no son incompatibles (se puede actuar de forma legal y perfectamente estúpida al mismo tiempo).
La visita del teólogo musulmán no defraudó. Sus formas son exquisitas, como dije, y su discurso bien articulado. Sin embargo, su mensaje, como señalaba un amigo, cruje mostrando grietas. Los herederos de la Ilustración constatamos que sus ideas, aunque de apariencia reformista, se anclan y desarrollan en una tradición que niega principios tan fundamentales como una auténtica igualdad entre hombres y mujeres. Sus ideas tienen, en todo caso, un punto de partida religioso. Ahí diverge de Said. Dentro de esos planteamientos, queda un reducto esperanzador.

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