miércoles, 31 de octubre de 2007

Tratado de Lisboa


Esta semana se han vivido con alivio, aquí en Estrasburgo, dos acontecimientos esperanzadores para Europa. Uno, el nacimiento del Tratado de Lisboa, debatido ampliamente ante uno de sus hacedores, el primer ministro portugués José Sócrates. El nuevo tratado proporciona las herramientas para hacer frente a los desafíos de la globalización que, desgraciadamente, no han podido ser resueltos por la vía constitucional, más transparente y accesible. Ya preveíamos, por otro lado, el ridículo de IU cuando pedía más constitución y votaba no en el referéndum.

El segundo acontecimiento, como tela de fondo al alivio institucional, era la caída de la bicefalia monocigótica de los Kacynski en Polonia. El caso polaco demuestra el espíritu europeísta de la mayoría y cómo el veto permanente a las propuestas de la Unión Europea no funciona ni en Bruselas ni en casa. Los españoles, por nuestra parte, hemos obtenido en esta negociación los cuatro diputados en el Parlamento Europeo que corresponden a España por peso demográfico y que habíamos perdido en la negociación de Aznar en Niza.

Enrique Barón, representante socialista del Parlamento Europeo en las negociaciones del nuevo tratado, destacó en Estrasburgo la recuperación de dos viejas demandas del parlamento, el reconocimiento de la ciudadanía europea y la reducción de la unanimidad que asfixia el proceso decisorio en Bruselas e impide que nazcan auténticas políticas europeas en áreas tan necesarias como la inmigración o la energía.

El tratado habrá de sortear ahora la ratificación por cada estado miembro. El único referéndum a la vista es el de Irlanda pues el que Brown había prometido para la constitución no lo encuentra necesario para el nuevo tratado. Cabe recordar un reciente artículo de mi colega Emilio Menéndez del Valle en el que pone de manifiesto el intento permanente de boicot por parte del Reino Unido a una profundización y consolidación europeas. Quizá, como en Polonia, las urnas se manifiesten al respecto más tarde o más temprano y definan el papel de Gran Bretaña en la Unión Europea.

El nuevo tratado es, sin embargo, farragoso y técnico. Poca gente fuera de Bruselas entenderá su contenido, lo que supone un retroceso respecto al malogrado proyecto constitucional. Es un paso lento, pero en la buena dirección, que hace gala del pragmatismo al que ya recurrieron los padres del proyecto europeo, Robert Schuman y Jean Monnet.

No hay comentarios: