lunes, 2 de julio de 2007

Turiel, abogado


La prensa madrileña coincide en valorar el informe de Gerardo Turiel en el juicio del 11-M. Su alegato estuvo lleno de matices de buen oficio profesional, aunque se enfrentase al muro de la evidencia. Cuánto me alegra, al margen de los aborrecibles delitos y criminales, que el derecho a la defensa se haya ejercido sin desvío a rocambolescas conspiraciones, monotemáticas para colegas sin personalidad. La defensa que Gerardo asumió era difícil, casi imposible de conducir, pero lo ha hecho con talante y talento, encarando el escollo de una presidencia autoritaria en exceso. El papel del abogado ha de ser así, cubriendo una parte esencial y contradictoria del proceso.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Masip, Turiel y el 11-M, o viceversa











Probablemente sólo haya sido el reconocimiento de la talla jurídica del don Gerardo Turiel lo que el pasado domingo, desde estas mismas páginas, ha llevado a don Antonio Masip a interpretar a su manera el sólido alegato de Turiel en el proceso del 11-M (a quienes no lo conozcan me permito recomendarles su lectura). Traduce Masip que «su buen oficio profesional», ejercido sin concesiones a «rocambolescas» teorías conspiratorias, «se enfrenta al muro de la evidencia» (que, por contexto, debe significar la culpabilidad de su defendido en criminales y «aborrecibles delitos»). Aun siendo así, que no haya más que admiración profesional, fraternal o corporativo reconocimiento entre doctos colegas, y que el defendido del letrado Curiel sea realmente culpable de lo que se le imputa querría yo preguntar algo al abogado Masip.


Porque para quienes no tenemos formación jurídica es muy ilustrativa esta cruda interpretación del ejercicio de la defensa de oficio como pose formal o retórica amortizada en la liturgia procedimental, cuando cierta opinión pública (y publicada), ya ha dictado veredicto. Ilustrativa es -cuando se guardan las formas- para entender procesos como el de Dreyfuss, o el de Van der Lubbe por el incendio del Reichstag. O el de Sacco y Vanzetti. Ilustrativa interpretación también -cuando se pierden las formas-, para que nos hagamos cargo de lo que pueden ser los tribunales populares o Guantánamo (o el resto de la isla).


Pero para quienes estamos siguiendo con cierto interés y perplejidad la instrucción y el juicio del 11-M, nos ilustraría, mucho más aún, que juristas como el señor Masip, que parecen tenerlo tan claro, nos aclarasen al resto de los mortales las muchas sombras estructurales del caso, en lugar de adelantarse en aventurar culpabilidades, o parecer que pretenden encarrilar el tema al dictado oficial (como «marcar el terreno» ha definido la figura algún experto en el 11-M). Por cierto, tarea bien poco airosa para espíritus independientes y progresistas. Nos deberían explicar si es normal que en un procedimiento afloren tantas contradicciones, tantas improbabilidades, tantas torpezas, tantas ocultaciones, tantas mentiras, tantos falsos testimonios, tanta impericia institucional, tantas analíticas cachondas, tantas toneladas de evidencia destruida, tantas diligencias practicadas a destiempo o no practicadas, tantas pruebas malabares, tanta supercalifragilística difusividad molecular, tantos hectolitros de acetona lavadora, tanto bórico, tanta sangre evanescente, tanto infiltrado, tanto confidente de la PolicíaÉ, tanto secretismo sumarial, tanto «vale ya», tanto «igual da», tanto «como sea» y tanto «y punto pelota». Porque si esto es frecuente en las instrucciones, si esto es habitual en los juicios, si es normal que se tejan autos y se dicten sentencias con estos mimbres, en estos ambientes y con estas cotas de fiabilidad probatoria, que Dios bendiga a sus señorías y nos coja confesados a los pardillos.


Yo no sé si el señor Masip se extrañó alguna vez con los saltos que decían dar los detenidos a través de los ventanales de algunas comisarías, o si se creyó lo del «tirador único y la bala saltarina» de Dallas, o si le hizo gracia la torpeza de Rose Mary Woods, aquella secretaria de Nixon a la que se le borraban accidentalmente siempre los minutos más comprometedores de las grabaciones de la Casa Blanca. Después de leer y oír algunas cosas sobre el 11-M veo estas anécdotas como obleas de catequesis frente a ciertas ruedas de molino con las que tanto nuevo clérigo nos quiere hacer comulgar.


Y que abogados como el señor Masip, aunque lo sean de causas ya olvidadas -como la saharaui- contribuyan voluntaria o inconscientemente a ello, no sirve precisamente de ayuda a los ciudadanos escandalizados (o encabronados) por la imagen que están dando sus fuerzas de seguridad y por la percepción de que la separación de poderes -por decirlo todo muy finamente- no está pasando precisamente por los momentos más edificantes de su corta historia.

JULIO L. BUENO DE LAS HERAS

Anónimo dijo...

pues a mi Gerado me dió clase de Formación del espiritu Nacional.

Era más bien cortito y no creo que mejorara.