martes, 24 de julio de 2007

En memoria de Marcelino Arbesú, compañero del alma



En un debate, en el entrañable Colegio de los Dominicos, sellamos para siempre nuestra amistad. Se peroraba sobre la pena de muerte. Después del bachiller, hicimos una misma carrera, trabajamos en la misma Asesoría bancaria, al lado de los inolvidables Alfredo Prieto, Luis Morilla, Rafael Cuartas…unos verdaderos tipos…Y nos embarcamos en la Liga de los Derechos del Hombre, en la Liga de los Derechos de los Pueblos, en “Amigos del Sahara”,en el Tribunal Russell II, en Amnistía Internacional, en un despacho laboralista gijonés, en alegaciones al Estatuto de Autonomía, en las defensas de una terrible pena capital, en la del campesino resistente de la Panera de Porcieyo, en la del ladrón de la Cámara Santa, en los trabajadores navales y siderúrgicos, en los orígenes de la Unión de Campesinos Asturianos(UCA)…En todo, juntos, incluso estuvo conmigo en el primer paso municipal, no en el de la Alcaldía, sino en el fugaz proyecto que me propuso por sorpresa el PSOE en 1979. Quererle y pensar que fue la mejor persona que yo haya conocido, es decir poco. Hoy La Dama del Alba nos separa aunque, en el fondo, nos une más si cabe: ganamos aquel debate escolar y hemos podido contarlo, juntos, a nuestros hijos. Descansa en paz, compañero del alma, compañero…

5 comentarios:

Anónimo dijo...

En efecto, una gran persona siempre dispuesta a la palabra positiva hacia todos A.F

Anónimo dijo...

Le conocí poco pero siempre estaba dispuesto a ayudar.Perteneció también a las asociaciones de vecinos del Oeste de Oviedo en la primera transición democrática.RIP

Anónimo dijo...

Tenía en mente todos los días a su hermano José Luis.Yo le tendré a los dos también todos los días

Anónimo dijo...

Un hombre bueno, un ciudadano ejemplar

El mundo despidió ayer en Oviedo a un ciudadano ejemplar. Digo el mundo y no exagero, porque para Marcelino Arbesú Vallina, que era todo lo de aquí que se pudiera ser, ninguna buena causa le era ajena, por lejana que estuviese, siempre que convenciera a su bien formada inteligencia y apelara a su inagotable solidaridad. A lo largo de su vida de Demócrata con mayúsculas, progresista verdadero y ciudadano ejemplar se entregó a muchas, siempre sin equivocarse, aunque para ir en la dirección correcta hubiera que arrostrar riesgos e incomodidades. Todas esas buenas causas las ennobleció con su participación, siempre desde ese segundo plano en el que el trabajo y responsabilidad quedan fuera de los focos. Hizo mucho y alardeó nada. Pero a Marcelino, como al Berceo de Machado, le salía afuera la luz del corazón y era imposible cruzarse con él y no advertirlo. Fue emocionante comprobar cómo se llenó ayer la gran iglesia que es San Isidoro para asistir en un día de verano al funeral de una persona que no tuvo un cargo público en su vida. Pero, mucho más, escuchar a tanta gente y tan diversa que había muerto un hombre excepcionalmente bueno. Antonio Masip, su amigo del alma, proclamaba ayer en estas páginas que Marcelino Arbesú era la mejor persona que había conocido. Sin duda lo decía de corazón. Lo único que Marcelino no quiso compartir fue su propio sufrimiento. Su mujer, Marga Sancho, en la que encontró la compañera perfecta, al coincidir en su generoso ideal de vida, decía ayer que estaba segura de que, si por algo le dolía morirse, era por la pena que iba a causar a los suyos. Por eso ocultó a todos, menos a ella, la enfermedad con la que luchó durante quince años. Su ejemplo de hombre bueno, de ciudadano ejemplar, de amigo discreto y cariñoso, le sobrevive. Queda mucho de quien tanto dio.

Melchor Fernández Díaz

Anónimo dijo...

Gracias por todo, Marce

Estoy seguro de que no te gustarán estas líneas. Siempre huiste de la notoriedad y de los elogios. Tu discreción no era una virtud sino una forma de ser. Pilar de Amnistía Internacional en Asturias, cabeza destacada de la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui, miembro de Tribuna Ciudadana, del Círculo Cultural de Valdediós, socio de Greenpeace, abogado defensor de presos políticos e inagotable remitente de cartas a las instituciones en defensa de los derechos humanos. Y seguro que muchas cosas más que nunca me contaste por pudor.
Sólo hay una forma de describirte y es una anécdota que se me quedó grabada en la memoria. Fue durante los bombardeos de la primera guerra del Golfo. Era Navidad y en la cena de Nochebuena me pediste el número del DNI. Te pregunté para qué lo querías y la respuesta no la olvidaré en la vida. Era para enviar una carta en mi nombre a la Casa Blanca pidiendo que cesaran los ataques contra la población civil. Sabías que esas cartas no servirían para nada, pero sentías que era tu obligación llevarlas al correo.
Eso eras tú, un civil, un ciudadano por encima de todo. Nunca encabezaste manifestaciones ni lanzaste proclamas a voz en grito, pero ni un solo minuto de tu vida dejaste de luchar por los más necesitados. A cuántas personas sin recursos habrás defendido en juicios sin aceptar a cambio ni una sola peseta. Cuántos pobres te habrán agradecido aquel bocadillo que les comprabas cuando te pedían limosna.

No eras una persona relevante en lo público. Sólo Eduardo García logró que salieses en este periódico narrando la historia de Amnistía. Nunca te vi sentado ante un micrófono escuchando los aplausos del auditorio; pero sin ti y sin gente como tú no tendríamos conciencia de lo que somos.

En febrero me llamaste para decirme que estabas enfermo, que querías ver la nieve y el mar y darle un beso a Irene, que la echabas de menos. Te prometo que intentaré con toda el alma inculcarle los valores que tú nos transmitiste a los que tuvimos la suerte de estar cerca de ti. Algún día le explicaré quién era ese hombre con el que jugaba de niña.

Gracias por todo, Marce. Nos vemos en el Sahara.

David Orihuela