lunes, 30 de octubre de 2006

En la muerte de Manuel Alfredo Pérez

Desde mi ventana del hospital se ve el helicóptero que lleva diariamente órganos vitales para transplantar.
Ni imaginarme podía que en uno de esos viajes se iba la vida de Manuel Alfredo Pérez, diputado, compañero del alma que fue concejal conmigo en el tercer mandato.
Manuel Alfredo era hombre bueno donde los hubiera a la manera machadiana. Debo confesar que me opuse tenazmente, en una primera instancia, a su inclusión en las listas municipales. Creía que era una forma sutil que empleaba la ejecutiva federal de mi partido para controlar mi supuesta heterodoxia. ¡Cuan confundido estaba yo!
Manuel Alfredo fue leal en todo momento a nuestra colaboración y amistad. Desde el primer momento me reveló sus magníficas dotes de analista económico que me demostraron como en Oviedo los ciudadanos y especialmente algunos industriales y empresarios pagaban al herario municipal cantidades demasiado altas para los servicios que se les prestaban. Esas cargas municipales y esa mala administración ovetense le traían lógicamente a mal traer, sobre todo a partir de que las deudas fueron acumulándose y la administración empezó a dar signos de insolvencia que no podían arreglarse tirando aún más todavía para adelante y practicando un urbanismo salvaje. Ahora el recuerdo del amigo y del profesor me llena de angustia pero me anima a luchar por la vida y la salud.
Ese ruido que oigo del helicóptero me trae también que ahí vienen y van corazones como el de mi amigo, que seguirán vibrando dentro de otros cuerpos generosos.
Los míos me han congelado durante horas la noticia pero finalmente es inevitable saber algo tan triste que se produce a pocos metros de ti.
Ojalá que aquel mítico camino que inició Cristian Barnard en lo que todavía no era un país, Africa del Sur, libre, admirable y soberano, siga en el progreso que se merece la ciencia y la calidad de vida y salud de los asturianos.

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