miércoles, 9 de agosto de 2006

El reloj de la catedral

En las páginas de este periódico, nos hemos enterado de una pequeña pero significativa historia. El Ayuntamiento se acaba de desinteresar de una devoción asumida durante los últimos cuatro o cinco lustros: dar cuerda al reloj de la Catedral. Un empresario sevillano, que fabrica una bebida que levanta el ánimo, informado de que solamente costaba 1.200 euros anuales, se comprometió a restablecer lo que la desidia municipal había abandonado. La noticia, relatada con detalle erudito y enorme cariño a la ciudad por Ernesto Conde, coincidió con que, en el partido de la oposición, se tomó la decisión de poner también su reloj en marcha con una candidata a la que no parece le llegue jamás a suceder eso de que se le pare ni la Casa Consistorial ni la del Pueblo, en las que algunos siguen empeñados en viejas polémicas de campanario.
Recuerdo perfectamente los problemas de campanas y relojes catedralicios. En «Oviedo al fondo» y en «Desde mi ventana» evoqué cómo el relojero José Alonso, olvidado ahora por la Alcaldía, me hizo ante unos amigos la diferenciación de los sones ovetenses que describieron Clarín, Rubén Darío y Gómez de la Serna y que para el Nobel Miguel Ángel Asturias es «el bronce líquido y sonoro de una ciudad siempre nueva». De la colaboración que se fraguó por entonces con el cabildo se sentó en seguida la participación en varias tradiciones recuperadas: responso por Alfonso II, el alcalde-rey, la izada de banderas septembrinas, la iluminación de las fachadas y de las diversas capillas, el Museo Diocesano, la presentación de la restauración de la sillería coral a cargo de los esposos KrausÉ En ese clima se recuperó la tradición de acompañar el juramento de la Constitución por el Príncipe de Asturias con el repique generalizado de campanas y, lo que fue más trascendente, se evitó el primitivo plan del Vaticano de marginar Oviedo en el inolvidable viaje de Juan Pablo II en agosto de 1989.

Ni qué decir tiene que me ha entristecido mucho el que el Ayuntamiento haya enviado un mensajero a quebrantar algunos rasgos ovetenses que pasan por nuestro primer templo. Me anima, no obstante, saber que el relojero sigue ahí y que esta ciudad tiene cuerda para rato. Nuevos tiempos municipales traerán una renovación próxima, a la vuelta de la esquina, marcando horas de modernidad y eficacia mientras se mantienen y compatibilizan los ritmos y los sones antiguos y sagrados de nuestras mejores tradiciones

1 comentario:

mensajes claro dijo...

Dejame decirte Antonio que tu entrada esta muy buena , Gracias por compartirla con tus lectores.