martes, 30 de agosto de 2005

Estrasburgo

Quienes visitan el Parlamento Europeo en Bruselas se suelen quedar asombrados de que, pese a disponerse de un excelente hemiciclo, la mayoría de las sesiones plenarias se trasladan a Estrasburgo.

Una vez al mes, todos los diputados y muchos funcionarios se desplazan obligadamente a la capital de Alsacia. Es un viaje de 432 kilómetros y de unas cuatro mil personas, que supone un trastorno innecesario. Se pierden once horas de tren- ida y vuelta-, y se gasta en dietas, pues los empleados públicos tienen sus domicilios en Bélgica y han de alojarse en hoteles durante cuatro días. Es además de una gran incomodidad ocupar otros despachos y salas de reunión. Los costes adicionales alcanzan anualmente varios millones de euros.

El único sostén de la capitalidad estrasburguesa, merecida nostalgia histórica aparte, es la voluntad de Francia que ha logrado incluir en los tratados la celebración de doce sesiones plenarias anuales. De esta forma, sólo se podrían evitar estas carísimas visitas por decisión unánime de los Estados miembros.

Cierto número de diputados han vuelto a destacar ahora, aquí, en Bruselas, estas anomalías con una declaración escrita donde se pide la reducción de sedes. Ya se hizo en su día con la eliminación de Luxemburgo, donde, no obstante, se mantienen los servicios jurídicos, bibliotecarios y de traducción.

Lo de Estrasburgo parecía un precio que debía pagarse a Francia por su tradicional europeísmo y su peso en la Unión. Tras el no francés a la Constitución, se pueden haber roto algunos tabúes que imponía París.

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