lunes, 27 de junio de 2005

Corresponsales de lujo

Los cambios políticos suelen ser motivo de esperanza pues corresponden a una voluntad expresada en las urnas. Todo entra en la lógica de la alternancia y la renovación. Es más infrecuente que las instituciones se resientan por la marcha de unos periodistas.

Carlos Yarnoz y Gabriela Cañas, de El País, cumplen ahora cinco años en Bru-bru, como llamaba, siempre festivo, a esta ciudad Cabrera Infante. Ese lustro era el compromiso con su empresa por lo que regresan a Madrid, en compañía de sus hijos, Mikel y Pablo.

Elena Valenciano, Barón, Menéndez del Valle y otros que tienen experiencia parlamentaria, me resaltaban cómo el ambiente comunitario de la comunicación se duele de estas próximas ausencias.

El principal patrimonio de un diario es la credibilidad. En mis muchos años de seguimiento de prensa, he podido apreciar el abismo entre algunos medios, sobre todo cuando informadores ocasionales no se compadecen con la verdad. Carlos y Gaby han escrito casi todos los días varias columnas que son modélicas de ponderada sensatez. No lo digo simplemente por la calidad y prestigio de un medio concreto pues en Oriente Próximo me encontré, por ejemplo, que ABC es imprescindible hoja de ruta y, en otras latitudes, sobresale, entre los cotidianos españoles, La Vanguardia. Aquí, en Bruselas, Luis de Benito, Bernardo de Miguel, Griselda Pastor, Eliseo Oliveras... son también corresponsales de lujo.

Yarnoz y Cañas pertenecen a esa pléyade de escritores de sobriedad efectista en la línea de Camba, precursor reconocido, lo que no les impide abrir, en ocasiones memorables, a cinco columnas la primera de su periódico. Son lo que Delibes ha llamado “escritores en estiaje” (poco agua, pero transparente).

A Carlos lo han confundido por la calle en alguna ocasión con el egipcio Omar Shariff y a Gaby con varias actrices encantadoras (Kidman, una de ellas) pero lo que han exhibido sin trampa es profesionalidad periodística a raudales. Les irá bien dondequiera que vayan.

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